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La parábola del trapecio

Cambiar el miedo a la transformación en la transformación del miedo. 

A veces siento que mi vida es una serie de trapecios. Me encuentro en un trapecio columpiándome o, durante algunos momentos, me lanzo a través del espacio que hay entre los trapecios. La mayor parte del tiempo, paso la vida agarrándome a la barra del trapecio de ese momento. Me transporta a cierta velocidad constante durante el balanceo y tengo la sensación de que controlo mi vida. Conozco las preguntas adecuadas e incluso algunas de las respuestas. 

 

Pero a veces cuando me estoy balanceando alegremente, o no tan alegremente, miro delante de mí y ¿qué es lo que veo en la distancia? Veo otro trapecio viniendo hacia mí. Está vacío y sé, en ese lugar de mí que sabe, que ese trapecio lleva mi nombre. Es mi paso siguiente, mi crecimiento, la vida que viene a buscarme. Desde el fondo de mi corazón sé que, para crecer, debo soltar mi agarre actual que me es bien conocido y pasar al siguiente. 

 

 

 

Cada vez que me pasa esto espero (no, rezo para) no tener que soltar el antiguo trapecio completamente antes de agarrar el nuevo. Pero en el lugar en el que sé, sé que debo soltar totalmente mi agarre al viejo trapecio y, durante un tiempo, debo atravesar el espacio antes de poder asir el nuevo. 

 

Cada una de las veces siento terror. No importa que en mis vuelos anteriores entre trapecios siempre haya tenido éxito. Cada vez tengo miedo de fallar, de que me estrellaré contra las rocas que no puedo ver en el abismo sin fondo que hay bajo ellos. Pero lo hago de todas formas. Quizá esta sea la esencia de lo que los místicos llaman la experiencia de la fe. No hay garantía, ni red, ni póliza de seguros, pero uno lo hace de todas formas, porque seguir agarrado al viejo trapecio ya no está incluído en la lista de alternativas. Así, durante una eternidad que puede durar un microsegundo o miles de vidas, me elevo sobre el oscuro vacío de “el pasado se fue, el futuro aún no ha llegado”. Es lo que se llama una “transición”. He llegado a creer que el verdadero cambio sólo ocurre en esas transiciones. Quiero decir el cambio de verdad, no el pseudocambio que sólo dura hasta la próxima vez que los antiguos botones vuelven a ser pulsados. 

 

Me he dado cuenta de que, en nuestra cultura, esta zona de transición es contemplada como una “nada”, un no-lugar entre lugares. Está claro, el viejo trapecio era real y el nuevo que viene hacia mí espero que también lo sea. ¿Pero el vacío de en medio? ¿Es simplemente un vacío que debe ser atravesado tan rápida e inconscientemente como se pueda? ¡NO! Sería echar a perder una gran oportunidad.

 

En ocasiones, tengo la sospecha de que la zona de transición es lo único real y los trapecios son ilusiones que soñamos para evitar el vacío en el que el cambio real, el crecimiento real ocurre. Sea o no cierta esta corazonada, lo que sigue siendo cierto es que las zonas de transición en nuestra vida son increíblemente ricas. Deberían ser honradas, incluso saboreadas. Sí, a pesar de todo el dolor, el miedo y los sentimientos de estar fuera de control que pueden acompañar (no son necesarios) a las transiciones, estas siguen siendo los momentos más vivos, llenos de crecimiento, apasionados y expansivos de nuestro vida.

 

Del libro “Guerreros del Corazón” de Danaan Parry.

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